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22 de marzo de 2011

¿Qué es la iglesia?

¿Qué es la iglesia? (Rev. Amós López Rubio)


¿Qué es la iglesia? Si nos hiciéramos esta pregunta encontraríamos seguramente muchas respuestas, y a veces, muy diferentes. Para algunos, la iglesia es un lugar donde se sienten bien y se olvidan de los problemas. Para otros, la iglesia es un lugar donde voy a recibir algo o donde resuelvo algo, ya sea medicinas, alimentos, dinero, una vía para emigrar o adquirir cultura religiosa. Para un tercer grupo, la iglesia es como un club social, un espacio donde me encuentro con personas que aprecio y con las cuales comparto. Hay quien piensa que la iglesia otorga cierto prestigio social porque allí asisten personas importantes. No falta tampoco quien ve en la iglesia la oportunidad de acaparar toda la atención y la autoridad que otros espacios sociales le han negado.


Y, por supuesto, también hay personas que describen a la iglesia como la comunidad de creyentes en Cristo, como el cuerpo de Cristo, incluso como la representante del reino de Dios en la tierra o la rectora de la vida moral y espiritual de las personas. Todo esto, y muchas cosas más ha sido y sigue siendo la iglesia. Y no podemos negar que cada respuesta contiene una cuota de razón y de realidad. Pero más que algo en específico, la iglesia es un conjunto humano, cuyas experiencias y acciones se relacionan sobre la base de una fe y una misión en común.


El pasaje que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versos 42-47, viene en nuestro auxilio para ayudarnos a comprender que la iglesia es la asamblea de aquellas personas que han sido bautizadas en el nombre de Jesucristo, y que comparten la responsabilidad de ser una comunidad ministerial al servicio del proyecto de Dios en el mundo, bajo la inspiración y la guía del Espíritu Santo. Veamos de cerca el texto y vayamos identificando cuáles son las dimensiones de esta acción pastoral que la iglesia desarrolla.


Las dimensiones de la pastoral de la iglesia (Hechos 2, 42-47)


Los que habían sido bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles (verso 42a).


La primera dimensión del ministerio pastoral de la iglesia que encontramos en el pasaje es la enseñanza, la instrucción, la didajé. ¿En qué consistía aquella enseñanza? La respuesta no es difícil. Los apóstoles compartían todas aquellas cosas que habían escuchado de boca de Jesús. Pero también compartían su memoria de aquellos acontecimientos de los cuales habían sido testigos de primera mano, acontecimientos relacionados con la vida, muerte y resurrección de Cristo. Y junto con sus relatos, los apóstoles iban entrelazando sus propias experiencias con Jesús y la manera en que cada uno veía a Jesús.


Pero no toda la enseñanza provenía de las memorias y las experiencias vividas. También se leían textos. ¿Cuáles? Las Escrituras judías, es decir, los libros del Antiguo Testamento y alguna de las tantas cartas que ya circulaban entre las primeras comunidades cristianas, entre ellas, las cartas de Pablo. La iglesia hereda la lectura y comentario de los textos sagrados de la práctica litúrgica de la sinagoga judía del primer siglo y que perdura hasta nuestros días. Pero había un elemento nuevo, y es que los primeros cristianos y cristianas leían las escrituras judías desde la perspectiva de su fe en Cristo Resucitado. Jesús y su enseñanza eran la clave de lectura e interpretación de las Escrituras.


Aún falta un tercer elemento. Se contaban las experiencias y memorias, se leían los textos sagrados desde la fe en Jesús, pero también se tenía en cuenta la realidad en la cual vivían. Esta enseñanza cristiana era una enseñanza para la vida actual de la comunidad, era una palabra de esperanza para los tiempos difíciles que ellos y ellas vivían, era una palabra que afirmaba la misión y razón de ser de la iglesia.


En su primer sermón público, Pedro levanta la voz para proclamar el kerigma, el mensaje, el anuncio de que Jesús de Nazareth, aquel que había sido crucificado, Dios le había hecho Señor y Mesías. E inmediatamente exigía a sus oyentes una conversión radical al evangelio de Jesús. La iglesia, amenazada en aquel momento por los mismos poderes que llevaron a Jesús a la cruz, pedía a Dios la fortaleza del Espíritu Santo para dar testimonio de su fe sin ningún temor.


En el evangelio de Juan, Jesús dice a sus discípulos: “Estudien con profundidad las Escrituras porque ellas dan testimonio de mi”. Y eso fue lo que comenzó a hacer la iglesia desde aquel entonces y hasta la actualidad. Para nosotros y nosotras hoy, iglesia de Jesucristo, el desafío sigue siendo el mismo: perseverar, no sólo en la escucha sino también en el conocimiento y la interpretación de la Palabra de Dios, teniendo en cuenta las exigencias de paz, vida plena y justicia de nuestro tiempo.


Vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones (verso 42b).

La segunda dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es la liturgia, el culto, la celebración de la fe y la vida. La fracción del pan, la Cena del Señor, la Eucaristía, se convirtió desde los inicios en la señal por excelencia de la vida y la identidad cristiana: compartir la vida, así como Cristo se ofreció por aquellos y aquellas a quienes amaba. El culto cristiano es así una expresión de la fe y la vocación de la iglesia en el mundo. En el espacio del culto también hay oraciones, cantos, lecturas, gestos, reflexiones. Y todo ello debe alimentar el amor y la comunión entre los y las creyentes, así como fortalecer la responsabilidad cristiana en medio de tantas señales de muerte.


El culto cristiano celebra, desde sus comienzos, la memoria de la resurrección y la necesidad de ser comunidades de resurrección y vida. Todo culto cristiano, en cualquier momento del año, en cualquier circunstancia, debe ser un anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte, debe proclamar la esperanza cristiana en la resurrección, un hecho que no se limita a los eventos que vendrán más allá de la muerte. La resurrección es una experiencia que podemos vivir cotidianamente. La resurrección es un mensaje para el presente, para vivir con sentido, para descubrir nuevas causas en las cuales poner todo nuestro esfuerzo y convertirnos en signos de esperanza.


El culto, desde el primer siglo y hasta hoy, sigue siendo un espacio de resistencia y recreación de la realidad. Resistimos al mal, a las fuerzas que corrompen y destruyen al ser humano y lo alejan de Dios y de su prójimo. Recreamos el mundo cuando afirmamos que Jesucristo sigue siendo el Señor de la historia, cuando anunciamos que “la mano de Dios en nuestro mundo está actuando con gracia y con poder, derribando estructuras de opresión, forjando una nueva humanidad, obrando con juicio y con amor”. Y finaliza el himno diciendo “la iglesia sin temor se une con valor a estas obras de la mano de Dios”.


Todos estaban impresionados porque eran muchos prodigios y señales realizados por los apóstoles. Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común (versos 43-44).


La tercera dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es la comunión, la unidad, la koinonía. Tener cosas en común es sentirse como en familia. En la medida en que tenemos cosas en común con alguien, con un grupo, con una sociedad o cultura, se refuerza el sentido de pertenencia, nos identificamos cada vez más con esa comunidad y con su razón de ser. Y en esa comunión experimentamos el amor como vínculo que une a las personas, se generan lazos de afecto, simpatía, interdependencia, amistad, fraternidad y compañerismo.


En aquel tiempo en que vivían los primeros cristianos y cristianas no era nada extraño que las personas se agruparan por diversos motivos en sociedades o cofradías para defender intereses afines. Hoy conocemos asociaciones similares donde las personas comparten aspiraciones comunes y responden a sus necesidades. Pero la comunidad cristiana planteaba un nuevo sentido de asociación fundamentado por una parte en una misma fe y una misma esperanza, y por la otra, en el deseo de ser una comunidad de iguales donde se pudieran superar las diferencias y exclusiones por razones de raza, género, condición social o trasfondo cultural y religioso.


La unidad que promueve la koinonía no es la uniformidad sino la unidad en la diversidad. Esa comunión no se sustenta en la observancia de ciertas reglas, o en la supremacía de algún grupo sobre otro. La comunión cristiana es una experiencia de convivencia en el respeto y la acogida a las diferencias sobre la base del amor de Dios manifestado en Cristo, quien compartió su vida y mensaje con todo tipo de persona, sobre todo con aquellas que eran socialmente despreciadas. La koinonía cristiana se da sobre la base de la igualdad de oportunidades para que las personas expresen su fe, compartan sus experiencias y aporten con sus capacidades y saberes a la vida toda de la comunidad.


La comunión sigue siendo hoy una meta para la iglesia de Jesucristo. Es más fácil aceptar en la comunidad a las personas que no resulten socialmente problemáticas, es más fácil relacionarnos con quienes nos simpatizan y no con quienes rechazamos por algún motivo. En la koinonia no elegimos a nuestros hermanos y hermanas, sino que los acogemos en el amor. Si somos hermanas y hermanos es porque nos reconocemos hijos e hijas de Dios, nuestro padre y nuestra madre común. Afirmar la koinonía es reconocer aquel principio bíblico de que cada ser humano es imagen de Dios. Vivir la koinonía es restaurar en cada persona la imagen distorsionada de Dios por el pecado. Y ese largo camino sólo es posible cuando somos una iglesia que acoge y ama. ¿Habrá alguna señal o maravilla más grande que esta?


Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno (verso 45).


La cuarta dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es el servicio, el acompañamiento, la diaconía. El texto señala que el servicio no debe ser una acción improvisada, sin propósito, sin estrategia. El verso leído menciona al menos dos momentos en la acción de servir: primero, una estrategia para reunir recursos, segundo, una planificación de la distribución de esos recursos, buscando criterios de justicia y equidad, de acuerdo con las necesidades que tenían. Yo añadiría, de acuerdo también a las posibilidades que tenían.


Recuerdo en este momento una cuestión que siempre discutimos en las reuniones de la pastoral de acompañamiento de nuestra iglesia: la sobrecarga de trabajo y las falsas expectativas que a veces despertamos en las personas necesitadas. No podemos hacer más de lo que nuestras fuerzas, nuestro tiempo, nuestras capacidades y recursos nos permitan hacer. Y teniendo en cuenta esa realidad no debemos levantar falsas esperanzas en las personas en relación con la solución de sus problemas. El servicio cristiano no responde a los parámetros de la emulación, del cumplimiento estricto de tareas asignadas o al lema triunfalista que reza “hay que quedar bien con todo el mundo”.


La diaconía parte de un estudio de las necesidades y de las capacidades de servicio y esto no debe hacerse deliberadamente, irresponsablemente. La iglesia sirve pero también debe cuidar de la vida integral de aquellos y aquellas que sirven. El servicio cristiano tampoco es asistencialismo. Desde la perspectiva evangélica de la diaconía, debemos servir de tal manera que las personas beneficiadas se involucren activa y responsablemente en la solución de sus necesidades. No es correcto ni sostenible que nuestros modelos de servicio generen dependencia en las personas. Por el contrario, la diaconía integral debe ayudar a cada creyente a desarrollar sus capacidades para enfrentar situaciones de crisis, sin desdeñar las ayudas puntuales que la iglesia pueda ofrecer en algún momento.


Con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón.


Alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo (versos 46-47a).


La quinta dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es el testimonio, la marturía. El texto nos dice que la conducta de aquella comunidad de creyentes en Jesucristo gozaba del aprecio de todo el pueblo. Pero, ¿quiénes son el pueblo? ¿realmente “todos” en el pueblo tenían el mismo criterio sobre los cristianos? Y ¿todos los creyentes gozarían de la misma reputación? Lo que hemos podido conocer a través de los escritos del Nuevo Testamento, de la historia de la iglesia y de nuestra propia experiencia hoy nos dice que la realidad no es así.


El texto nos puede tentar en dos direcciones. Primero: pudiéramos entender que la iglesia tiene la obligación de ser un billete de cien pesos para caerle bien a todo el mundo. Segundo: pudiéramos entender que sin la aprobación social, cultural o política la iglesia no podría desarrollar su misión. Ninguna de las dos cosas es cierta. La iglesia siempre fue un movimiento contracorriente, como lo fue la vida, las acciones y la enseñanza de Jesús de Nazareth. La iglesia es una comunidad de amor y reconciliación, pero también es un movimiento profético, inconforme, que no se pliega a ningún sistema socio-económico y político sino que, en medio de cualquier situación, afirma el señorío de Cristo y la vida plena de los seres humanos frente a cualquier poder.


Seguramente, en los tiempos que describe Lucas en el libro de los Hechos, la iglesia gozaba del favor de la gente humilde, sencilla, que encontraba en la comunidad cristiana un espacio de aceptación y una fe que no pisoteara su dignidad. Otras personas, de una mejor condición social, apoyaron también el movimiento de Jesús porque simpatizaban con la propuesta ética del evangelio. Pero ni la mayoría de las personas ricas y nobles, ni los representantes del poder religioso y político tuvieron en estima a la iglesia naciente y su mensaje. Al contrario, unos temieron a la competencia religiosa y la pérdida de influencia sobre el pueblo, y otros a las consecuencias sociales, económicas y políticas que podría tener la propagación de un movimiento cuyos miembros se reconocían libres e iguales entre sí.


La tarea de la iglesia no ha cambiado desde entonces. A veces, hacemos concesiones para tener la aprobación de quienes nos rodean, o nos gusta coquetear con quienes tienen el poder para asegurar privilegios personales y garantizar el crecimiento de la iglesia-institución, mientras que la iglesia profética y evangélica va desapareciendo y se olvida de Jesús. ¡Bienvenido sea el favor del pueblo cuando reconoce en la iglesia una comunidad de vida y justicia que no se deja manipular por nadie! ¡Bienvenido sea el favor del pueblo cuando comprende que la iglesia es su sierva en el amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús!


Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación (verso 47b).


Algunas versiones de la Biblia no ayudan en la comprensión de este versículo. La Reina Valera de 1960 traduce así: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Esta redacción puede dar a entender que la salvación ya estaba otorgada de antemano para algunas personas. La Biblia Latinoamericana dice: “Y el Señor hacía que los salvados se integraran a la iglesia en mayor número”. La Nueva Biblia Española traduce: “El Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando”. Finalmente, la Biblia de América, sugiere: “El Señor agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación”.


Prefiero las tres últimas versiones citadas porque resaltan la salvación como una decisión personal, además de ser un don de Dios que debe ser aceptado. Prefiero también el verbo “integrar” en vez de “agregar”. Cuando nos agregamos a la comunidad simplemente aumentamos su número, somos estadística y nada más. Cuando nos integramos a la comunidad, está presente la idea de que hemos tomado una decisión: ser parte activa y consciente de la vida de la iglesia, compartir su misión y su razón de ser en el mundo, asumir un compromiso con Jesús y con la comunidad.


Tal parece que en esta historia, Dios no hacía otra cosa que “integrar” a la comunidad los que aceptaban la salvación, pero no es así. La presencia de Dios y la acción de su Espíritu es lo que hacía y hace posible que la iglesia sea una comunidad ministerial, una comunidad de resurrección. Pero es bueno saber que el texto nos quiere comunicar otro mensaje: la acción de los y las creyentes es fundamental, Dios ha querido compartir con nosotros su misión en el mundo.



Conclusión

Este pasaje de Lucas en los Hechos de los Apóstoles no es la descripción de la iglesia que Lucas conoció, es el ideal de amor que Lucas propone para la iglesia de su tiempo. Sabemos por las cartas de Pablo, escritas antes que este libro de Hechos, y por los propios Evangelios, que desde su mismo surgimiento, las comunidades cristianas enfrentaron conflictos, divisiones, diversas maneras de comprender a Jesús y seguir sus enseñanzas. Diversas maneras de entender lo que era la iglesia y cuál era su misión.


Pero esto no debe desanimarnos. La iglesia que Lucas deseaba es nuestro deseo también, y por esa iglesia estamos trabajando. Sabemos que no todos y todas estamos en comunión, que no todos y todas asistimos con frecuencia al templo, que no todos y todas perseveramos en las Escrituras, que no todos y todas participamos del servicio y el acompañamiento, que no siempre nuestro testimonio es fuerte y oportuno, que no siempre somos “señal” ni “maravilla”. Pero Dios, en su infinita gracia, insiste en invitarnos a ser una comunidad de vida y resurrección.


Dios nos llama a seguir caminando, en medio de preguntas, de tropiezos, de falta de fe. Dios nos llama a seguir participando, a seguir aportando para una iglesia mejor, para un país mejor, para una humanidad mejor. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”. Sigamos, aferrados a esa vida, y luchemos por hacerla cada día más plena. Amén.


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