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5 de noviembre de 2012

Reflexion de Noviembre

Reflexión de Noviembre

Todo el mundo puede ser grande, porque todo el mundo puede servir. No tienes que ser graduado universitario para poder servir. No tienes que hacer concordar tu sujeto y tu verbo para poder servir. No tienes que conocer de Platón ni Aristóteles para poder servir. No tienes que conocer la teoría de la relatividad de Einstein para poder servir, No tienes que conocer la segunda ley de la termodinámica para poder servir. Tú sólo necesitas un corazón lleno de gracia. Un alma surgida del amor. 
Rev. Martín Luther King, Jr. 

Queridos hermanos y hermanas, hoy estaremos compartiendo algunas ideas en relación al servicio (la diaconía) como otra de las dimensiones del ministerio pastoral de los cristianos y las cristianas. La práctica de la iglesia, su vida y ministerio son expresión de la manera en que entendemos el propósito de Dios y de la fidelidad en el testimonio, en el seguimiento a Jesús, a ese Jesús que se presenta como servidor, que no vino para ser servido sino para servir (Mr 10:45). 

La palabra diakonía aparece en el Nuevo Testamento en los escritos de Pablo y se traduce generalmente como servicio. Originalmente fue una palabra sin connotaciones religiosas que indicaba el trabajo de personas humildes y esclavas. El término diakonein aparece en el Nuevo Testamento y significa servir, sobre todo a la mesa. Recordemos en ese sentido el conocido pasaje de la elección de los primeros diáconos, “servidores”, cuya función estaba concentrada fundamentalmente en tareas de ordenamiento, administración y distribución de los bienes de las primeras comunidades cristianas en Jerusalén (Hechos 6). 

La palabra “diakonía” llegó a ser una palabra clave para caracterizar la participación de todas las personas en la vida de la iglesia, no de unos pocos, no de un grupo de personas, sino de todos los creyentes. Todos somos motivados, llamados, capacitados para servir, para hacer realidad en la sociedad en que vivimos, el amor de Dios a favor de los seres humanos. 

En Mateo 20, 20-28 encontramos una hermosa enseñanza sobre el servicio. Algunos discípulos ansiaban posiciones de autoridad en el reino de Jesús, pero no comprendían que el reino de Jesús ya estaba en medio de ellos y se verificaba justamente en el servicio a los demás. Las palabras de Jesús nos confrontan y nos llaman a otra comprensión acerca de la autoridad y el servicio: “Los jefes de las naciones gobiernan con tiranía a sus súbditos pero entre ustedes no será así…el que quiera ser grande, deberá servir a los demás”. 

Tomemos unos minutos y reflexionemos en estas preguntas: ¿cuáles son las necesidades más apremiantes (que no están siendo atendidas o están siendo atendidas insuficientemente) de las personas que conocemos, que viven en nuestros barrios y en nuestro país? ¿Existen experiencias diacónicas (de servicio) en nuestra iglesia que intentan dar respuesta a algunas de esas necesidades? ¿Qué podemos hacer para fortalecer la dimensión del servicio en nuestra comunidad?

A menudo, la iglesia entiende el servicio cristiano como asistencialismo, como solución de un problema inmediato. No está mal ayudar a las personas en problemas puntuales. Sin embargo, en el ejemplo de Jesús, el servicio apunta a algo más profundo, apunta a la transformación de la vida de las personas y les permite crecer como seres humanos, incluso les ayuda a recuperar su dignidad y su valor como persona. Detrás de cada acto de sanación, Jesús afirma la vida de las personas y las libera de sus ataduras. Servir, en el evangelio, es también educar, acompañar, liberar a las personas, colocarlas en el lugar que les corresponde, preocuparse por su bienestar general, capacitarlas para enfrentar por sí mismas las adversidades, contribuir a su desarrollo y crecimiento (Juan 9). 

El llamado de Jesús a servir, es un llamado a la compasión (no a la lástima), es una invitación a poner nuestro corazón, a sentir con pasión el dolor, las carencias, la exclusión, la marginación que sufren en medio de la sociedad nuestros hermanos y hermanas, criaturas de Dios. Es un llamado a actuar para sanar y aliviar pero es también un llamado a denunciar y sacar a la luz las situaciones que producen ese dolor. La diaconía no se encamina sólo a satisfacer las necesidades y sanar las dolencias del momento, implica también promover los cambios que sean necesarios para la prevención de esos males.

Amos López Rubio

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