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18 de noviembre de 2012

Sermón culto 18/11/12

Sermón del domingo 18 de noviembre de 2012 / Rev. Amós López Rubio                        Iglesia Menonita de Boulogne / Textos: 1 Corintios 12, 4-27 y Hechos 2, 42-47

¿Qué es la iglesia? Si nos hiciéramos esta pregunta encontraríamos seguramente muchas respuestas, y a veces, muy diferentes. Para algunos, la iglesia es un lugar donde se sienten bien y se olvidan de los problemas. Para otros, la iglesia es un lugar donde voy a recibir algo o donde resuelvo algo, ya sea medicinas, alimentos, dinero, una vía para emigrar o adquirir cultura religiosa. Para un tercer grupo, la iglesia es como un club social, un espacio donde me encuentro con personas que aprecio y con las cuales comparto. También la iglesia puede ser un espacio donde se conservan tradiciones culturales. Hay quien piensa que la iglesia otorga cierto prestigio social porque allí asisten personas importantes. No falta tampoco quien ve en la iglesia la oportunidad de acaparar toda la atención y la autoridad que otros espacios sociales le han negado.

Y, por supuesto, también hay personas que describen a la iglesia como la comunidad de creyentes en Cristo, como el cuerpo de Cristo, incluso como la representante del reino de Dios en la tierra o la rectora de la vida moral y espiritual de las personas. Todo esto, y muchas cosas más ha sido y sigue siendo la iglesia. Y no podemos negar que cada respuesta contiene una cuota de razón y de realidad. Pero más que algo en específico, la iglesia es un conjunto humano, cuyas experiencias y acciones se relacionan sobre la base de una fe y una misión en común.

El pasaje leído en el libro de los Hechos de los Apóstoles viene en nuestro auxilio para ayudarnos a comprender que la iglesia es la asamblea de aquellas personas que han sido bautizadas en el nombre de Jesucristo, y que comparten la responsabilidad de ser una comunidad ministerial al servicio del proyecto de Dios en el mundo, bajo la inspiración y la guía del Espíritu Santo. Veamos de cerca el texto y vayamos identificando cuáles son las dimensiones de esta acción pastoral que la iglesia desarrolla.   

Las dimensiones de la pastoral de la iglesia (Hechos 2, 42-47)

Los que habían sido bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles (verso 42a).

La primera dimensión del ministerio pastoral de la iglesia que encontramos en el pasaje es la enseñanza, la instrucción, la didajé. ¿En qué consistía aquella enseñanza? La respuesta no es difícil. Los apóstoles compartían todas aquellas cosas que habían escuchado de boca de Jesús. Pero también compartían su memoria de aquellos acontecimientos de los cuales habían sido testigos de primera mano, acontecimientos relacionados con la vida, muerte y resurrección de Cristo. Y junto con sus relatos, los apóstoles iban entrelazando sus propias experiencias con Jesús y la manera en que cada uno veía a Jesús.

Pero no toda la enseñanza provenía de las memorias y las experiencias vividas. También se leían textos. ¿Cuáles? Las Escrituras judías, es decir, los libros del Antiguo Testamento y alguna de las tantas cartas que ya circulaban entre las primeras comunidades cristianas, entre ellas, las cartas de Pablo. La iglesia hereda la lectura y comentario de los textos sagrados de la práctica litúrgica de la sinagoga judía del primer siglo y que perdura hasta nuestros días. Pero había un elemento nuevo, y es que los primeros cristianos y cristianas leían las escrituras judías desde la perspectiva de su fe en Cristo Resucitado. Jesús y su enseñanza eran la clave de lectura e interpretación de las Escrituras.

Aún falta un tercer elemento. Se contaban las experiencias y memorias, se leían los  textos sagrados desde la fe en Jesús, pero también se tenía en cuenta la realidad en la cual vivían. Esta enseñanza cristiana era una enseñanza para la vida actual de la comunidad, era una palabra de esperanza para los tiempos difíciles que ellos y ellas vivían, era una palabra que afirmaba la misión y razón de ser de la iglesia.

Vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones (verso 42b).

La segunda dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es la liturgia, el culto, la celebración de la fe y la vida. La fracción del pan, la Cena del Señor, se convirtió desde los inicios en la señal por excelencia de la vida y la identidad cristiana: compartir la vida, así como Cristo se ofreció por aquellos y aquellas a quienes amaba. El culto cristiano es así una expresión de la fe y la vocación de la iglesia en el mundo. En el espacio del culto también hay oraciones, cantos, lecturas, gestos, reflexiones. Y todo ello debe alimentar el amor y la comunión entre los y las creyentes, así como fortalecer la responsabilidad cristiana en medio de tantas señales de muerte.

El culto cristiano celebra, desde sus comienzos, la memoria de la resurrección y, por tanto, la necesidad de que la iglesia sea una comunidad de resurrección y vida. Todo culto cristiano, en cualquier momento del año debe ser un anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte, debe proclamar la esperanza cristiana en la resurrección, un hecho que no se limita a los eventos que vendrán más allá de la muerte. La resurrección es una experiencia que podemos vivir cotidianamente. La resurrección es un mensaje para el presente, para vivir con sentido, para convertirnos en signos de esperanza en medio de la sociedad.

Todos estaban impresionados porque eran muchos prodigios y señales realizados por los apóstoles. Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común (versos 43-44).

La tercera dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es la comunión, la unidad, la koinonía. Tener cosas en común es sentirse como en familia. En la medida en que tenemos cosas en común con alguien, con un grupo, con una sociedad o cultura, se refuerza el sentido de pertenencia, nos identificamos cada vez más con esa comunidad y con su razón de ser. Y en esa comunión experimentamos el amor como vínculo que une a las personas, se generan lazos de afecto, simpatía, interdependencia, amistad y compañerismo.

En aquel tiempo en que vivían los primeros cristianos y las primeras cristianas no era nada extraño que las personas se agruparan por diversos motivos en sociedades o cofradías para defender intereses afines. Hoy conocemos asociaciones similares donde las personas comparten aspiraciones comunes y responden a sus necesidades. Pero la comunidad cristiana planteaba un nuevo sentido de asociación fundamentado por una parte en una misma fe y una misma esperanza, y por la otra, en el deseo de ser una comunidad de iguales que, a diferencia de otros grupos, clubes o sociedades, se pudieran superar las diferencias y exclusiones por razones de raza, género, condición social, criterios políticos o trasfondo cultural y religioso.

La unidad que promueve la koinonía no es la uniformidad sino la unidad en la diversidad. Esa comunión no se sustenta en la observancia de ciertas reglas, o en la supremacía de algún grupo sobre otro. La comunión cristiana es una experiencia de convivencia en el respeto y la acogida a las diferencias sobre la base del amor de Dios manifestado en Cristo, quien compartió su vida y mensaje con todo tipo de persona, sobre todo con aquellas que eran socialmente despreciadas. La koinonía cristiana se da sobre la base de la igualdad de oportunidades para que las personas expresen su fe, compartan sus experiencias y aporten con sus capacidades y saberes a la vida toda de la comunidad.

La comunión sigue siendo hoy una meta para la iglesia de Jesucristo. Es más fácil aceptar en la comunidad a las personas que no resulten socialmente problemáticas, es más fácil relacionarnos con quienes nos simpatizan y no con quienes rechazamos por algún motivo. En la koinonia no elegimos a nuestros hermanos y hermanas, sino que los acogemos en el amor. Si somos hermanas y hermanos es porque nos reconocemos hijos e hijas de Dios, nuestro padre y nuestra madre común. Afirmar la koinonía es reconocer aquel principio bíblico de que cada ser humano es imagen de Dios. Vivir la koinonía es restaurar en cada persona la imagen distorsionada de Dios por el pecado. Y ese largo camino sólo es posible cuando somos una iglesia que acoge y ama. ¿Habrá alguna señal o maravilla más grande que esta?

Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno (verso 45).

La cuarta dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es el servicio, el acompañamiento, la diaconía. El texto señala que el servicio no debe ser una acción improvisada, sin propósito, sin estrategia. El verso leído menciona al menos dos momentos en la acción de servir: primero, una estrategia para reunir recursos, segundo, una planificación de la distribución de esos recursos, buscando criterios de justicia y equidad, de acuerdo con las necesidades que tenían. Yo añadiría, de acuerdo también a las posibilidades que tenían.

Pensemos en la realidad de nuestra iglesia. No podemos hacer más de lo que nuestras fuerzas, nuestro tiempo, nuestras capacidades y recursos nos permitan hacer. Y teniendo en cuenta esa realidad no debemos levantar falsas esperanzas pero al mismo tiempo debemos proponernos nuevas metas, nuevos desafíos. La diaconía parte de un estudio de las necesidades y de las capacidades de servicio y esto no debe hacerse deliberadamente, irresponsablemente. La iglesia sirve pero también debe cuidar de la vida integral de aquellos y aquellas que sirven.

El servicio cristiano tampoco es asistencialismo. Desde la perspectiva evangélica de la diaconía, debemos servir de tal manera que las personas beneficiadas se involucren activa y responsablemente en la solución de sus necesidades. No es correcto ni sostenible que nuestros modelos de servicio generen dependencia en las personas. Por el contrario, la diaconía integral debe ayudar a cada creyente a desarrollar sus capacidades para enfrentar situaciones de crisis, sin desdeñar las ayudas puntuales que la iglesia pueda ofrecer en algún momento.    

Con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo (versos 46-47a).

La quinta dimensión del ministerio pastoral de la iglesia es el testimonio, la marturía. El texto nos dice que la conducta de aquella comunidad de creyentes en Jesucristo gozaba del aprecio de todo el pueblo. Pero, ¿quiénes son el pueblo? ¿realmente “todos” en el pueblo tenían el mismo criterio sobre los cristianos? Y ¿todos los creyentes gozarían de la misma reputación? Lo que hemos podido conocer a través de los escritos del Nuevo Testamento, de la historia de la iglesia y de nuestra propia experiencia hoy nos dice que la realidad no es así.

Conviene evitar al menos dos errores en la comprensión de este pasaje. Primero: pudiéramos entender que la iglesia tiene la obligación de ser un billete de cien pesos para caerle bien a todo el mundo. Segundo: pudiéramos entender que sin la aprobación social, cultural o política la iglesia no podría desarrollar su misión. Ninguna de las dos cosas es cierta. La iglesia siempre fue un movimiento contracorriente, como lo fue la vida, las acciones y la enseñanza de Jesús de Nazareth. La iglesia es una comunidad de amor y reconciliación, pero también es un movimiento profético, inconforme, que no se pliega a ningún sistema socio-económico y político sino que, en medio de cualquier situación, afirma el señorío de Cristo y la vida plena de los seres humanos frente a cualquier poder.


Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación (verso 47b).

Algunas versiones de la Biblia utilizan el verbo “integrar” en vez de “agregar”. Y me gusta más, porque cuando nos integramos a la comunidad, está presente la idea de que hemos tomado una decisión: ser parte activa y consciente de la vida de la iglesia, compartir su misión y su razón de ser en el mundo, asumir un compromiso con Jesús y con la comunidad.

Conclusión

Este pasaje de Lucas en los Hechos de los Apóstoles no es la descripción de la iglesia que Lucas conoció, es el ideal de amor que Lucas propone para la iglesia de su tiempo. Sabemos por las cartas de Pablo, escritas antes que este libro de Hechos, y por los propios Evangelios, que desde su mismo surgimiento, las comunidades cristianas enfrentaron conflictos, divisiones, diversas maneras de comprender a Jesús y seguir sus enseñanzas. Diversas maneras de entender lo que era la iglesia y cuál era su misión.

Pero esto no debe desanimarnos. La iglesia que Lucas deseaba es nuestro deseo también, y por esa iglesia estamos trabajando. Aún en medio de nuestras limitaciones, Dios, en su infinita gracia, insiste en invitarnos a ser una comunidad de vida y resurrección.

Mis hermanos y hermanas, Dios nos llama a seguir caminando, en medio de preguntas, de tropiezos, de falta de fe. Dios nos llama a seguir participando, a seguir aportando para una iglesia mejor, para un país mejor, para una humanidad mejor. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”. Sigamos, aferrados a esa vida, y luchemos por hacerla cada día más plena. Amén.   


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