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10 de diciembre de 2012

Sermón culto 09/12/12

Sermón del Domingo 9 de diciembre de 2012 / Rev. Amós López Rubio
Iglesia Menonita de Boulogne / Textos: Salmo 126; Lucas 3, 1-6

Hay un lugar llamado humanidad
Un bosque húmedo después de la tormenta
Donde abandona el sol los ruidosos colores del combate
Una fuente un arroyo una mañana abierta desde el pueblo
Que va al campo montada en borrico
Hay un amor distinto un rostro que nos mira de cerca
Pregunta por la época nueva de la siembra
E inventa una estación distinta para el canto
Una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente
Hasta las más sencillas
Lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora
O clavetear la caja del abuelo
Sonreír cuando alguien nos pregunta
El por qué de la pobreza del verano y sin hablar
Marchar al bosque por leña para avivar el fuego
Hay un lugar sereno un recobrado y dulce hogar llamado
Humanidad

Hoy es segundo domingo de Adviento. El Adviento es un tiempo para soñar, para fortalecer la capacidad de soñar, porque el Adviento es el tiempo para la esperanza, para la utopía, para hablar de cosas imposibles y hermosas a la vez, porque hablar de lo imposible y creer en lo imposible es necesario para que la vida sea algo más que respirar. Solo lo imposible puede ser preámbulo de lo posible.

El Adviento nos recuerda aquellas cosas imposibles que a veces tienen el sabor de aquellas historias que parecen como sacadas de un libro de cuentos, como por ejemplo que una joven judía llamada María quedara embarazada sin tener relaciones con ningún hombre, que Dios se humanizó en un niño en un lejano establo de la Palestina. Que aquel nacimiento fue anunciado por un coro de ángeles a un grupo de pastores que cuidaban de sus ovejas, y que unos estudiosos de las estrellas llegaron desde tierras lejanas para adorar al niño rey.

Cuando escuchamos estas historias nos preguntamos, ¿cómo pudo ser posible? Pero sucede que a veces lo imposible se convierte en lo más cierto y determinante. Lo más importante, al colocarnos delante del misterio que anuncia el Adviento, no es comprender cada detalle sino conmovernos ante la maravilla del amor de Dios y descubrir, por detrás de la historia, una tierra fértil donde la esperanza pueda crecer.

La esperanza del Adviento nos llega hoy, en primer lugar, a través del Salmo 126. Y no podía ser de otra manera. La esperanza no puede ser alimentada sino a través de la música, del canto, de la poseía, de un lenguaje que transforma la realidad y dibuja un mundo nuevo, como el poema que escuchamos al inicio, titulado HUMANIDAD, del poeta cubano Delfín Prats.

¿Cómo dar expresión y firmeza a la esperanza sin la poesía? El canto es poesía, los salmos son poemas, son canciones que afirman la fe en un Dios que salva, como el Salmo 126. Este es un salmo en clave de Adviento, un salmo que anuncia un tiempo nuevo, un tiempo deseado, un salmo para la espera, un salmo para confiar, para soñar. Es un salmo que habla de la esperanza de la restauración del pueblo:

Cuando el Señor hiciere volver la cautividad de Sión, seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza.
Entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros,
 estaremos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh Señor, como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrima, con regocijo segarán.
Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gravillas.

Este salmo es un canto a la libertad, a la posibilidad de un futuro que solo Dios puede abrir. Se puede sentir la alegría de quienes vuelven del cautiverio a su tierra amada. Se puede escuchar el canto y el sonido del arroyo que corre sobre el desierto. Otros pueblos comparten la misma alegría de la liberación, porque la esperanza es solidaria y contagiosa, es algo que se comparte, es una fuerza que desborda todas las fronteras. Podemos ver en el salmo el cuadro de la gente que siembra y recoge el fruto de su cosecha, otra imagen de la esperanza: la siembra y la cosecha. En el Adviento esperamos el tiempo de la siega, porque los campos han sido sembrados y la cosecha está madura. Nos preparamos para el encuentro con el Señor. Así como el campo debe estar listo para la cosecha, nuestras vidas deben estar preparadas para recibir a Jesús.

Si el salmo, como canción y poesía, encarna el espíritu del Adviento, del tiempo para la esperanza, el Adviento también debe volverse un salmo. Cantar y orar los salmos, a través de la historia, ha sido un permanente aliciente en las épocas de tribulación, en los conflictos y crisis de fe, en la falta de visión y esperanza para el futuro, y sobre todo, los salmos han sido la Biblia de los pobres, el canto y la oración de quienes no tienen más recursos que su fe en Dios. El salterio ha sido un medio para incentivar la piedad popular de todas los tiempos, la espiritualidad de los desvalidos, la súplica del hambriento, la añoranza del exiliado, el ruego del campesino por las lluvias benévolas, la gratitud de quien sentía cercana la muerte y continúa en la lucha por la vida, el canto de pueblos enteros en sus demandas de justicia.

El canto y la poesía del Adviento también nos llegan hoy en la figura de Juan el Bautista, el precursor de Jesús, aquel que prepara el camino del Señor. Juan también alimenta una esperanza, la esperanza de un tiempo nuevo donde la gente se arrepienta de sus pecados, donde la gente se vuelva a Dios y a su misericordia, donde terminen las injusticias y la violencia, donde la gente aprenda a ser solidaria, a dejar de pensar solo en sí misma y a compartir lo poco o lo mucho que tenga. Juan sueña con un tiempo nuevo donde la gente viva reconciliada consigo misma, con los demás y con Dios. Juan anuncia que ese tiempo nuevo está viniendo con Jesús, aquel que viene a proclamar el reino de Dios.

La esperanza de Juan es también la esperanza del profeta Isaías. De profeta a profeta se pasa la antorcha de la esperanza, la voz que grita en el desierto mantiene su fuerza y su vigor. La voz de Juan es la voz del que clama en el desierto, del mismo modo que el pueblo que canta y espera en el Salmo 126 debe atravesar un desierto para llegar a la tierra añorada. Parece que la esperanza tiene que ver también con el desierto, que la esperanza necesita del desierto, o que solo desde el desierto se vislumbra mejor la esperanza.

La imagen del “desierto” es una figura muy fuerte en todas las Escrituras. El desierto es tiempo de prueba y de crecimiento, lugar hostil a toda comodidad y seguridad. Es en el desierto donde Dios revela sus cuidados y su amor, donde el pueblo se hace comunidad y familia aprendiendo a enfrentar juntos los peligros, convirtiendo los reveses en victorias, descubriendo a la vez, la presencia, la compañía y el sueño de Dios. Juan grita su esperanza en medio del desierto y nos pide que preparemos el camino del Señor que viene: “Enderecen sus sendas. Todo valle será rellenado, y se bajará todo monte y collado. Los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos serán allanados. Y verá toda carne la salvación de Dios”.

Juan también se vale de la poesía para expresar su esperanza. Los verbos son importantes: enderezar, rellenar, rebajar, allanar, quitar asperezas. Esta es una esperanza activa. Es una labor de paciencia y perseverancia: enderezar lo que está torcido, recuperar el rumbo, volver al proyecto original de Dios, al sueño de Dios de una creación reconciliada, reconocer nuestros desvíos, replantear nuestra vida, volver la mirada al mapa que nos permite orientar nuestros pasos hacia una vida con sentido y esperanza, con paz y justicia. La espera del Adviento es una espera activa, mientras esperamos, trabajamos; mientras soñamos, construimos nuevos caminos. Porque no tiene sentido esperar algo si no se lucha por lograrlo. La esperanza es promesa pero es compromiso. Tener esperanza es comprometerse con aquello que esperamos, con aquello que soñamos. La esperanza es como la fe. Quien tiene fe, cree y actúa en base a lo que cree. La fe siempre lleva a una decisión, a una conducta, a un comportamiento, a un testimonio.

Y al profeta Juan, no debemos olvidarlo, su fe, su esperanza, su sueño, le costó la vida. Como a Jesús también le costó la vida. Porque los sueños también se convierten en las pesadillas de quienes no quieren que soñemos. Todo soñador se convierte en pesadilla de quienes quieren aplastar los sueños. Si algunos soñamos con otro mundo posible es porque otros están muy satisfechos con el mundo tal y como está. Cuando nos opongamos a los cambios, es porque hemos dejado de soñar. Desear que todo se mantenga igual es haber perdido la esperanza, es querer vivir refugiados en la comodidad y en la seguridad de lo que somos y tenemos.

Pero el Adviento no nos invita a preservar nuestra vida sino a entregarla. “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa mía, la hallará” nos recuerda Jesús. El Adviento nos invita hoy a preparar el camino del Señor siendo, como Juan el Bautista, una voz que grita en el desierto, clamando por una humanidad nueva, reconciliada; siendo también como aquel pueblo del Salmo 126 que canta su fe y su esperanza en medio del desierto, sembrando con lágrimas y cosechando con alegría el fruto de la paz. Este es el mismo espíritu que encontramos en uno de los salmos de Adviento de nuestro tiempo, la canción Todavía cantamos, del cantautor argentino Víctor Heredia: “Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos; que nos den la esperanza de saber que es posible que el jardín se ilumine con las risas y el canto de los que amamos tanto”.

¿Cuáles son nuestros sueños y esperanzas en este tiempo de Adviento? Qué esperamos de Dios, de nosotros mismos, de otras personas, de nuestra iglesia, del mundo en que vivimos? ¿Cómo estamos evaluando nuestra vida, nuestros caminos, nuestros pasos perdidos? ¿Qué estamos haciendo para que aquello que esperamos se haga realidad? 

Termino con el mensaje de Adviento del profeta Isaías, retomando el sueño de Isaías, aquel soñador que inspiró a Juan el Bautista. Isaías puso un hermoso nombre a su sueño: “cielo nuevo y tierra nueva”, un sueño que, a pesar de sus aparentes imposibles, todavía hoy sigue inspirando a muchas personas en su deseo de imaginar y crear un mundo diferente bajo la luz del Dios que viene siempre a nuestro encuentro. Y me uno al sueño de Isaías en forma de oración, de la oración del pueblo que espera, siembra y canta su fe en el advenimiento de esa otra Humanidad:

El Espíritu del Señor estará con nosotros y nosotras
y nos llenará con el don de la sabiduría, con el don de la inteligencia,
con el don de la prudencia, con el don de la fuerza,
con el don del conocimiento y el temor del Señor

El Espíritu del Señor nos guiará a toda justicia y verdad,
y nos ayudará a no juzgar por las apariencias, a no juzgar por los rumores,
a juzgar con justicia a los débiles, a defender los derechos de los pobres

El Espíritu nos dará la palabra oportuna en cada situación,
palabra profética para denunciar la violencia y la opresión,
para hacer morir la maldad y el odio

Entonces, seres humanos, animales, ríos, bosques y montañas,
podremos convivir en paz y en armonía
Entonces podremos crecer y descansar juntos,
y seremos guiados por la humildad, la ternura y la sencillez

Entonces habrá amistad donde había enemistad
Habrá cariño donde había agresión
Habrá fraternidad donde había rencor
Habrá seguridad donde había peligro y temor

En toda la creación buena de Dios no habrá quién haga daño,
porque así como el agua llena el mar,
la justicia de Dios llenará nuestros corazones y nuestra tierra

Amén.




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