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9 de enero de 2013

Sermón culto 06/01/13

Sermón del Domingo 6 de enero de 2013 / Rev. Amós López Rubio
Iglesia Menonita de Boulogne / Textos: Isaías 60:1-6, Salmo 72, Mateo 2:1-12

Hoy es el primer domingo del año 2013 y celebramos la fiesta de la Epifanía. La palabra griega “epifanía” significa literalmente “brillar sobre” y se usa desde tiempos muy antiguos para anunciar la llegada de una personalidad importante, por ejemplo, la visita de un rey. De ahí que la “epifanía” es ese momento que marca la llegada de alguien muy esperado. Esta misma palabra se usaba para hablar de la manifestación del propio Dios. Cuando Dios aparece a través de alguien, o a través de algún acontecimiento, estamos en presencia de una “epifanía”, es decir, una manifestación especial y visible de Dios a los seres humanos.

Por eso en las iglesias del Oriente se le comenzó a llamar “Epifanía” a la fiesta que celebraba el nacimiento de Jesús en Belén, la misma fiesta que nosotros, en el hemisferio occidental,  conocemos por Navidad. Esta fiesta de la Epifanía, en el Oriente, comenzó a celebrarse el día 6 de enero a finales del siglo II de nuestra era, y estaba relacionada en un principio con el recuerdo del Bautismo de Jesús en el río Jordán. Con el paso de los años la fiesta de la Epifanía se identificó más con la celebración del nacimiento de Jesús, aunque no se dejó de recordar también el Bautismo del Señor. Cuando la fiesta de la Epifanía comienza a celebrarse en las iglesias de Occidente el significado principal estuvo en la visita de los magos del Oriente al niño recién nacido en Belén. La fiesta quería destacar que a través del niño Jesús, Dios estaba anunciando su amor a todas las personas de todos los pueblos.
A la visita de los magos se unió también el recuerdo del bautismo de Jesús y de su primer milagro en público, cuando convirtió el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea. Actualmente, en nuestras iglesias, seguimos la tradición de las iglesias de Occidente. La Navidad la celebramos el 25 de diciembre, y su contenido es el nacimiento de Jesús. La Epifanía es un conjunto de fiestas que celebramos después de la Navidad pero que están vinculadas a ella porque recordamos la manifestación de Dios a través de Jesús en diferentes momentos: la visita de los magos, el bautismo de Jesús, y su primer milagro en las bodas de Caná. Algunas iglesias incluyen también en las fiestas de Epifanía la Presentación del niño Jesús en el Templo a los ocho días de nacido. Todos estos acontecimientos hablan de una misma cosa: Dios se ha manifestado al mundo en la persona de Jesús de Nazaret. En otras palabras: a través de Jesús podemos conocer mejor a Dios.     
Los textos de la liturgia de hoy nos presentan el escenario bíblico en el cual se ha venido inspirando la fiesta de la Epifanía. En el capítulo 60 del libro de Isaías, se nos habla de esa restauración futura de la ciudad de Jerusalén. Es una profecía que expresa la esperanza de todo judío en tiempos de destierro y crisis nacional: Dios hará brillar su gloria sobre Jerusalén, los reyes de las naciones vendrán hacia el resplandor de la ciudad y ofrecerán sus riquezas, los hijos que fueron llevados hacia otras tierras, volverán a su patria; todo el que había despreciado y humillado a Jerusalén, a su templo y a su pueblo, ahora se humillará a los pies de la ciudad y la llamarán “Ciudad del Señor”. Esta profecía de restauración tiene implicaciones para la conducta del pueblo, “no habrá más violencia ni destrucción, todo el pueblo será honrado, serán dueños de su país por siempre, y a través del testimonio del pueblo se mostrará la gloria del Señor”.
En el Salmo 72 encontramos las esperanzas del pueblo de Israel en la llegada de un nuevo rey que obre con justicia y rectitud. Este nuevo rey tendrá compasión de los humildes y salvará a los pobres de la opresión y la violencia, aplastando a los explotadores. El gobierno de este rey justo trae abundancia de paz, es comparado a la lluvia y el rocío que riegan la tierra y los pastos, lo cual produce mucho alimento para el sostén del pueblo. Así mismo, los reyes de todas las naciones admirarán el justo proceder de este rey y le traerán regalos, y se colocarán a su servicio. Estas imágenes de paz, de salvación, de justicia, que son expresión de los más profundos anhelos del pueblo que sufre y clama a Dios, son retomadas por Mateo en su relato del nacimiento de Jesús y la visita de los magos del Oriente. Este niño que nace es el cumplimiento de las promesas de Dios, es el Mesías, Salvador de Israel pero también de toda la humanidad que sufre y necesita paz, justicia y esperanza.
Quisiera entonces compartir al menos tres mensajes que nos deja este relato de la Epifanía. En primer lugar, la salvación de Dios es para todas las personas, pero es necesario recibir con humildad el regalo de la salvación. La actitud de los magos nos recuerda ese reconocimiento, esa humildad y la disposición de ponerse en camino para adorar al niño que ha nacido y ofrecer sus dones como gratitud al don de la vida que Dios ofrece en Jesús. Varios padres de la iglesia, en la antigüedad, destacaron en sus sermones el contraste de actitud entre los magos extranjeros y los judíos compatriotas de Jesús, en relación a Jesús y su mensaje. Es probable que este relato que nos cuenta Mateo, escrito en las últimas décadas del siglo primero de nuestra era, estuviera reflejando el conflicto que existía entre las comunidades cristianas y judías, y entre los cristianos de origen judío y los cristianos provenientes de otros pueblos, y que formaban parte de una misma iglesia.
El mensaje de Jesús como mesías y salvador era rechazado por muchos judíos en diferentes partes del mundo conocido, el mundo grecorromano. Quizás los magos representan a cristianos y cristianas provenientes de otros pueblos y culturas no judíos, y que aceptaban con gusto el mensaje del evangelio de Jesús. En ese sentido, los magos son el símbolo de la nueva iglesia, de la iglesia universal de la cual somos parte en la actualidad, de aquella iglesia por la que el apóstol Pablo luchó y entregó su vida, aquella iglesia sin límites ni exclusiones que resonaba en su carta a los Gálatas cuando afirmaba: “en Cristo no hay judío ni griego, hombre o mujer, siervo o señor”.
Este sentido universal de la salvación de Dios es también el mensaje que encontramos en la carta a los Efesios, capítulo 3, versos 3 al 6, donde se nos dice: “Por revelación he conocido el designio secreto de Dios…Al leerlo, pueden darse cuenta de que conozco este designio secreto realizado en Cristo, que no se dio a conocer a nadie en otros tiempos, pero que ahora Dios ha revelado a sus santos apóstoles y profetas por medio de su Espíritu. El designio secreto es este: que por el evangelio Dios llama a todas las naciones a participar, en Cristo Jesús, de la misma herencia, del mismo cuerpo y de la misma promesa que el pueblo de Israel”. Es decir, como iglesia universal de Jesucristo, estamos llamados y llamadas a ser parte del pueblo de Dios, a participar activamente, en un plano de igualdad, de la obra de Dios, a colaborar con la misión de Dios en el mundo, y experimentar así mismo la alegría, la satisfacción y los frutos que produce nuestra labor.
El segundo mensaje que nos deja la celebración de la Epifanía es el siguiente: es necesario que podamos reconocer la presencia de Dios en el mundo. El jesuita francés ya fallecido Teilhard de Chardin nos dice “Si se puede modificar ligeramente una palabra sagrada, diremos que el gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición, sino la transparencia de Dios en el universo. Sí, Señor, no sólo el rayo que roza, sino el rayo que penetra. No vuestra epifanía, Jesús, sino vuestra diafanía”. La presencia de Dios no es solamente una luz que nos ilumina desde arriba, sino una luz que nos atraviesa, que nos penetra, y sigue su camino más allá de nosotros y nosotras. Es la transparencia de Dios en el universo.
Cuando decimos que Dios se revela, se manifiesta a través de su creación, eso también nos involucra como seres humanos, como criaturas de Dios en la cuales se refleja su imagen. Por eso, nuestra oración en este día de la Epifanía debe ser: “Señor, ayúdanos a ver más allá de las apariencias, ayúdanos a ver en profundidad, ayúdanos a descubrir tu misterio en medio de la vida”. Este es el contenido de un hermoso himno boliviano-uruguayo, cuyo título es “En medio de la vida”:
1. En medio de la vida estás presente, oh Dios, más cerca de mi aliento, sustento de mi ser.        Tú impulsas en mis venas mi sangre al palpitar y el ritmo de la vida vas dando al corazón.       Coro: Oh Dios de cielo y tierra, te sirvo desde aquí; te amo en mis hermanos,                                         te adoro en la creación.                                                                                                                              2. Tú estás en el trabajo del campo o la ciudad, y es himno de la vida el diario trajinar.                    El golpe del martillo, la tecla al escribir, entonan su alabanza al Dios de la creación.                    3. Tú estás en la alegría y estás en el dolor, compartes con nosotros la lucha por el bien.                En Cristo tú has venido la vida a redimir, y en prenda de tu reino el mundo a convertir.
El texto del coro de este himno nos lleva al tercer mensaje que encontramos en este domingo de Epifanía: la adoración y el servicio son el fruto de nuestro encuentro con Dios. Adoración y servicio son actitudes que también encontramos en la vida de los magos. Adorar es una actitud ante Dios y ante la vida. La adoración no se limita al espacio del culto, no tiene que ver solamente con venir al templo, celebrar juntos nuestra fe, agradecer a Dios por su amor y sus bendiciones. La adoración es una manera de vivir que implica reconocimiento de lo que Dios es y hace, obediencia a su palabra y disposición al servicio de su reino.
Los magos ofrecieron una adoración y un servicio que incluso hizo peligrar sus vidas cuando decidieron no seguirle el juego macabro al rey Herodes. Los magos ofrecieron sus regalos, que es como decir que ofrecieron sus propias vidas. El apóstol Pablo nos dice en su carta a los Romanos: “Hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer. No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto”.
Estos mensajes que la Epifanía nos trae hoy son mensajes para la vida de nuestra iglesia en los comienzos de un nuevo año. La epifanía nos llama a renovar nuestro deseo de anunciar el reino de Dios y su justicia, a reafirmar nuestro compromiso con la misión de Dios, a dar lo mejor que tenemos para que la salvación de Dios siga siendo buena noticia para todas las personas. Si compartimos una misma herencia, un mismo cuerpo y una misma promesa, Dios nos llama a seguir siendo fieles a esa herencia, a la responsabilidad de sabernos hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas al servicio del reino que Jesús ha inaugurado en medio del mundo.
Dios nos llama a seguir siendo fieles al cuerpo de Cristo que es la iglesia, pero este cuerpo no debe excluir a nadie, por ninguna razón, sino que acogidos por el calor, la vida y el dinamismo de este cuerpo, debemos continuar buscando la unidad, una unidad que respete la diversidad y promueva la participación de todos y todas por igual. Dios nos llama, finalmente, a compartir una misma promesa, Dios ha prometido su constante presencia, su compañía, su consuelo y fortaleza en los momentos de crisis y debilidad, su palabra para animar y orientar nuestro camino, su amor para sanar nuestras heridas y restaurar nuestras vidas.
Termino con algunas invitaciones que nos hace el teólogo, profesor y liturgista español José Manuel Bernal: “Los magos son figura de la iglesia. De una iglesia abierta y sin fronteras, no cerrada a los límites de la raza o de la sangre, sino universal; no esclava de la ley, sino libre. A la vuelta de cada año, los magos nos traen como una bocanada de aire fresco, un retoño de juventud y de universalidad para la iglesia. Cada año, al celebrar la fiesta de la epifanía, la iglesia hace suyos los sentimientos de los magos y actualiza de algún modo el misterio de la epifanía. Como los magos, así también la iglesia se siente llamada por Dios, estimulada y sorprendida por la luz de su presencia. Como los magos, también la iglesia, desde la fe, descubre el resplandor de la estrella y descifra su significado. Cada año la iglesia recorre el camino de la búsqueda, siguiendo el resplandor de la estrella, tanteando el terreno, a medias entre la luz y la oscuridad. Cada año, en la fiesta de Epifanía, la iglesia se aproxima al Señor en su misterio de humanidad y cercanía para adorarle y ofrecerle sus dones”. Que así sea.

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