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20 de enero de 2013

Sermón culto 20/01/13

Sermón del 20 de enero de 2013 / Rev. Amós López Rubio                                       

Iglesia Menonita de Boulogne / Textos bíblicos: Isaías 62, 1-5 / Juan 2, 1-11

¿Será posible en medio del dolor, de la angustia, de la desesperanza, de la tristeza, hablar de fiesta? La respuesta a esta pregunta resulta difícil. Sin embargo, festejar no tiene necesariamente que significar darle la espalda a la realidad y mostrar indiferencia ante las situaciones que nos preocupan. La fiesta, en su sentido original, es una protesta ante el endurecimiento que trae la rutina cotidiana, es la negación de todo fatalismo, es la resistencia ante las puertas cerradas y los horizontes perdidos.

Paulo Roberto Rodríguez, teólogo brasileño, nos ayuda a entender mejor el valor de la fiesta: “Cuando hacemos fiesta, exageramos: comemos, bebemos más, dormimos poco, perdemos el autocontrol, hablamos de más, nos vestimos diferente…En una palabra, vivimos intensamente, y descubrimos que a pesar de la sociedad excluyente y de los pocos recursos, vivimos en un mundo de una riqueza inagotable que aumenta cuando mas se comparte. En la fiesta decimos sí a la vida, es el contrapunto del trabajo serio y del sacrificio, colocándonos delante del placer y del gozo. Nos sumergimos en las aguas de la creatividad y de la fugacidad, rompiendo con agendas y planificaciones. El juego nos provoca un éxodo, arrastrándonos al trance, ya no somos los mismos, nos volvemos niños y niñas, entramos en el reinado de lo divino”.

De modo que la fiesta nunca nos aliena y constituye una dinámica propia de nuestro ser. Se no festejamos, no nos humanizamos. Jesús de Nazareth, quien gustaba mucho de festejar, nos enseña que la fiesta es también una marca de nuestro Dios. En los evangelios encontramos muchos relatos en los cuales el reinado de Dios es comparado a banquetes de mesa llena y deliciosas bebidas, fiestas de casamiento, danzas y vestimentas bonitas. El texto del evangelio de Juan en la liturgia de hoy nos introduce en una de esas fiestas de bodas a las que Jesús asistió.

Las ceremonias de bodas siempre traen recuerdos a quienes ya tuvieron esa experiencia, y por otro lado estimulan a las nuevas parejas en sus proyectos de vida en común. En nuestra cultura, el matrimonio es un momento importante en la vida de una relación de pareja, y digo momento porque no debería ser ni punto de partida ni punto de llegada. La relación amorosa entre dos personas no empieza a construirse a partir del matrimonio, y el matrimonio tampoco debe ser una meta en sí mismo, sino un momento hermoso y especial dentro de una historia de amor que debe continuarse escribiendo.

En los tiempos bíblicos, la comprensión y la práctica cultural del matrimonio no estaban movidos precisamente –o inicialmente- por el amor, el erotismo, la pasión o los romances al estilo de Romeo y Julieta. Muy por el contrario, el matrimonio apuntaba fundamentalmente, por un lado hacia intereses políticos y económicos de las familias involucradas, y por el otro a la fusión del honor de las familias, es decir, la esposa se implica en el honor de su esposo, pasa a formar parte de la reputación y la vergüenza de su nueva familia, aunque paradójicamente la recién casada permanecía gran parte de su vida en la periferia de dicha familia, era como una extranjera en la casa. Esta situación podía cambiar con la llegada de un hijo.

Como parte de los arreglos del matrimonio, la familia de la muchacha buscaba un hombre que sea un buen proveedor, un padre cariñoso y un ciudadano respetado. Puesto que eran muchos los trámites de preparación del matrimonio, estos comenzaban un buen tiempo antes de que los novios tuviesen la edad requerida para tal compromiso. La boda judía, ceremonia civil que no tenía carácter cúltico, comprendía varios elementos: las vestimentas especiales, las compañeras de la novia llamadas “vírgenes”, los amigos del novio, la procesión a la casa de la novia y luego a la del esposo, la costumbre de extender la capa del esposo sobre la novia y finalmente la fiesta de bodas que por lo general duraba siete días.

El relato de las bodas en Caná de Galilea constituye la tercera y última fiesta del tiempo de Epifanía. Jesús convierte el agua en vino para que la fiesta continúe, y este es su primer milagro público. Esta señal es una epifanía de Jesús, una manifestación de su identidad y del propósito de su venida. Es un relato altamente simbólico. El vino nuevo y generoso de las bodas es leído como una anticipación misteriosa de la copa nupcial de la eucaristía, la Cena del Señor, y del banquete mesiánico. Juan insiste en que este es un signo con el cual Jesús manifiesta su gloria, y a través de este signo crece la fe de sus discípulos en él. El vino nupcial ofrecido por Jesús simboliza la donación del Espíritu Santo.

Las seis tinajas de piedra, reservadas para las purificaciones rituales, eran símbolo de la ley antigua, el mismo número seis evoca la idea de imperfección, de acuerdo a la manera en que eran interpretados los números en la cultura bíblica. Por eso la transformación del agua en vino simbolizó el paso de la imperfección de la ley a la nueva existencia en el Espíritu. Estas y muchas otras lecturas, igualmente interesantes, se han hecho de este pasaje. Pero quisiera detenerme en uno de estos símbolos, y es el símbolo del matrimonio.

Varios son los textos de la Biblia donde Dios es representado como el esposo de su pueblo Israel. En Jeremías 2, 3, Dios le habla a Jerusalén de este modo: “Recuerdo muy bien la fidelidad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar”. En Isaías 62 también encontramos palabras amorosas de Dios a Jerusalén: “No te dirán más “Abandonada”, ni dirán más a tu tierra “Devastada”, sino que te llamarán “Mi deleite”, y a tu tierra “Desposada”, porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios”. Y en el libro de Oseas, capítulo 2, Dios dice a su pueblo Israel: “Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón. Aquel día tú me llamarás “Mi esposo”. Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia, te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor”.  

Esta imagen es retomada en el Nuevo Testamento para expresar la relación existente entre Cristo y la iglesia. Los fariseos preguntaron a Jesús por qué sus discípulos no ayunaban y Jesús les contestó: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado y entonces ayunarán”. En la carta a los Efesios se exhorta a los esposos a que amen a sus esposas así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella, para santificarla. Y en el libro del Apocalipsis, haciendo referencia a la iglesia que espera el regreso de Cristo, se afirma: “Alegrémonos, regocijémonos y demos gloria a Dios, porque han llegado las bodas del Cordero: su esposa ya se ha preparado, y la han vestido con lino fino de blancura resplandeciente”.

Cristo es el esposo de la iglesia. El matrimonio es símbolo de la encarnación, Dios asume nuestra humanidad, es el esposo del género humano, se hace como nosotros, se compromete con nuestra manera de vivir, de sentir, de celebrar, incluso con nuestra manera de sufrir y morir. El matrimonio, como símbolo de la encarnación, como señal del amor de Dios, nos recuerda también que tenemos un compromiso con nuestro esposo. Prometimos fidelidad, prometimos compartir las tareas, prometimos amar y servir en cualquier circunstancia.

El episodio de las bodas en Caná de Galilea nos recuerda como iglesia que hicimos una alianza con nuestro Señor Jesucristo. Nos ofrece la oportunidad de revisar hasta qué punto hemos sido fieles a esa alianza, si aún somos dignos y dignas de llevar el anillo de Dios en nuestros dedos, si hemos cumplido nuestras promesas, si nuestro amor se ha enfriado o ha desaparecido por completo, o si, por el contrario, se ha fortalecido con el tiempo y se ha hecho más completo, más eficaz.

Todo matrimonio tiene sus altas y sus bajas. Siempre se presentan conflictos, tensiones, momentos en que nos causamos heridas, a veces sin quererlo. La rutina y la falta de iniciativa y creatividad siempre atentan contra la salud de la relación, y esta comienza a viciarse, a estancarse, a perder su brillo y su encanto original, a perder su sentido en el tiempo. La pérdida de entusiasmo y de motivación nos puede llevar a la infidelidad, a buscar en otra persona lo que ya no encontramos en nuestra pareja. ¿suceden también estas cosas en nuestra relación con Dios?

Creo que sí. Si la vida cristiana no es una constante búsqueda de los grandes tesoros del evangelio, si no es una constante búsqueda de respuestas a nuevas preguntas y situaciones que se nos presentan, si no es un deseo permanente de ampliar los horizontes de la fe y de ampliar los espacios donde nuestro testimonio cristiano también puede brindar un mensaje de esperanza, si no es un constante descubrir y redescubrir la presencia de Dios y el llamado de Dios en nuestra realidad y nuestro mundo, si no es una disposición perenne de reconocer errores y comenzar nuevamente, si no buscamos el crecimiento a través del cuestionamiento y las crisis, entonces el primer amor puede morir. Dios puede seguir ahí, a nuestro lado, dispuesto a renovar su compromiso y a darnos una oportunidad, pero ya no tenemos ni la disposición de escuchar, ni la disposición a hacer algo.

Al final del relato de las bodas en Caná de Galilea, el texto nos dice: “Y creció la fe de sus discípulos en él”. De eso se trata, de un proceso de crecimiento constante. El primer amor, ese que nace en nuestro encuentro con Dios, en nuestra fiesta de bodas con el Señor, necesita crecer, necesita madurar, necesita probarse en el tiempo para dar sus mejores frutos. Por eso, debemos evitar el conformismo, evitar el engaño de sentirnos en algún momento tan seguros, tan completos, tan perfectos que creamos no necesitar nada más o a nadie más.
Hay quien hace alianza con Dios pero no por amor sino movido por otros intereses. En este caso, Dios no es un esposo, no es un amante, no es una experiencia de transformación y crecimiento, más bien es un socio conveniente, alguien que utilizamos para satisfacer nuestras ambiciones y egoísmos.

Que nuestra fe pueda seguir creciendo. Que la gloria de Dios se refleje cada día más en nuestro rostro, en nuestra conducta, como signo de la creciente encarnación de Jesús en nuestras vidas, como dice el himno: “Que en mí puedan ver a Jesús”. Que nuestro matrimonio con el Señor se fortalezca, que podamos alimentar nuestra comunión con Jesús en la oración y el servicio, en la meditación y en el acompañamiento, en el amor y en la justicia, en el sentir haciendo y en el hacer sintiendo. Que no termine nunca la fiesta de la vida. Amén.

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