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17 de marzo de 2013

Sermón 17/03/13


Sermón del Domingo 17 de marzo de 2013 / Rev. Amós López Rubio
Iglesia Menonita de Boulogne / Textos bíblicos: Salmo 126, Juan 8, 1-11

En este quinto domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta el relato de aquella mujer adúltera que es llevada ante Jesús por escribas y fariseos. Este pasaje tiene un título en nuestras biblias, “La mujer adúltera”, pero este título pone el acento en un tema que no es precisamente el tema de este texto como veremos a continuación. Por ello, prefiero titular esta narración de la siguiente manera, “De la condenación a la libertad”. Les invito a meditar en el pasaje.

Versículos 3-6. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Más esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.

El propio texto nos dice que aquella escena con la mujer adúltera era justamente eso, una escena, un montaje, una excusa para tentar a Jesús, intentar sacar de él alguna palabra que pudiera acusarlo ante la ley de Moisés. La mujer en sí y la situación del adulterio no eran más que un medio para alcanzar un propósito, encontrar un motivo para acusar a Jesús. De estas estrategias, los evangelios nos aportan varios ejemplos. La pregunta a Jesús acerca de si era legítimo dar impuesto al emperador tenía el mismo propósito de tenderle una trampa. También para ponerle a prueba, le preguntaron a Jesús si era lícito dar carta de divorcio a la mujer. Y en otra ocasión, para tentarle, le pidieron señales del cielo que demostraran que él era un enviado de Dios.

Como vemos, las tentaciones que Jesús tuvo que enfrentar no fueron únicamente aquellas en el desierto. El desierto había sido solo el anuncio de lo que vendría. Pero en el texto que hoy nos ocupa, Jesús inicialmente decide no responder a la provocación de sus adversarios. Se pone a escribir sobre la tierra, mostrando una actitud de aparente indiferencia. Pero aquellos que le exigían una respuesta sabían que Jesús no permanecería indiferente por mucho tiempo. Ellos confrontan a Jesús con una ley que Jesús conoce bien, pero saben que Jesús interpreta la ley con una libertad que le es muy propia y que a veces resulta irrespetuosa para muchos. Sabían también de su trato solidario y afectuoso con las mujeres, que incluso algunas mujeres seguían a Jesús como parte del grupo de sus discípulos. Por tanto, aquella situación podría poner a Jesús ante la disyuntiva de obedecer la ley o defender la vida de aquella mujer, contradiciendo la ley.

Versículos 7-8. Y como insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: “El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.

Jesús establece una condición para hacer justicia: solo si se es libre de pecado se puede acusar a otra persona de pecadora. Es una sentencia que recuerda aquella otra que dice: “saca primero la basura que hay en tu propio ojo para que después puedas limpiar la suciedad en el ojo de tu hermano”. O esta otra: “Haz con los demás lo que desees que los demás hagan contigo”. Al menos, un pecado estaba a la vista en aquella estrategia de los escribas y fariseos. Ellos no estaban cumpliendo la ley de Moisés, ya que la ley establece en Deuteronomio 22 y Levítico 20 que tanto el hombre como la mujer que comenten adulterio deben ser apedreados. La pregunta es: ¿Dónde estaba el hombre que estaba con la mujer? Se les escapó?

No sería absurdo pensar que si todo aquello no era más que una excusa para acusar a Jesús, se podía haber preparado incluso hasta la supuesta escena de adulterio, de tal modo que la pobre mujer sería víctima de un guión bien premeditado desde el principio. Además, con solo llevarle a Jesús una de las dos personas pecadoras ya resolvían su  problema, y esta sería siempre la mujer, nunca el hombre. Como quiera que haya sido, repito, lo que menos importaba era la vida de la mujer. Y aquí aparece otro pecado. La mujer es utilizada como anzuelo, como carne de cañón, para un propósito que nada tenía que ver con ella y que sin embargo le costaría la vida. Su vida no importa, lo que ella piense o sienta al respecto, no cuenta. Ni siquiera le dan la oportunidad de hablar para defenderse. Al fin y al cabo la ley establecía que debía ser apedreada.

Este es un ejemplo de cómo algunas personas son capaces de sacrificar a otras personas con tal de lograr sus objetivos. A la larga, Jesús también sería sacrificado en la cruz para calmar las preocupaciones de los sacerdotes y el poder romano. Dicho sea de paso, la crucifixión era uno de los métodos preferidos por los romanos precisamente para sembrar el terror y el miedo en los pueblos conquistados, para advertir que todo intento subversivo contra el poder de Roma recibiría el peor de los castigos. Era otro ejemplo de cómo se sacrifican las vidas humanas con el propósito de mantener a toda costa el dominio y el control político.

Versículos 9. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos, hasta los últimos, y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.

Desde los más viejos y hasta los últimos, los más jóvenes, sintieron el peso de su conciencia, se descubrieron, al menos por un instante, personas pecadoras. Es interesante como el texto señala que los más viejos salieron primero. Quizás aquel orden en la salida obedecía a una práctica de respeto ante los mayores, ellos deben ser los primeros en retirarse de cualquier lugar, y después el resto. Quizás, los más viejos sintieron de repente el peso enorme de la multitud de sus pecados, y decidieron irse antes que caer desplomados a la vista de todos. Como quiera que sea, las palabras más importantes ya han sido dichas, y estas palabras han llegado no solo al corazón sino a la conciencia.

Hoy en día, tenemos una gran necesidad de palabras así, que anuncien un evangelio que remueva la conciencia y que no solamente alegre el corazón. La transformación que el evangelio quiere producir en el ser humano abarca toda su persona, alma, pensamiento y voluntad. El apóstol Pablo lo diría más o menos con estas palabras a la iglesia en Roma: “No se ajusten al tiempo presente, transformen su vida por medio de la renovación de su manera de pensar”. Esta transformación significa para Pablo la expresión más genuina del verdadero culto a Dios. Pero volvamos a nuestro pasaje, una vez retirados los acusadores, la escena queda lista para el diálogo final.  

Versículos 10-11. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te condenan? Ninguno te condenó?”. Ella dijo: “Ninguno, Señor”. Entonces Jesús le dijo: “Ni yo te condeno, vete y no vuelvas a pecar”.

Jesús con condena a aquella mujer, él se había percatado de que lo importante en aquella situación ya había sido hecho: los que no se creían pecadores y con el derecho de condenar a otros, habían sido confrontados con su propio pecado, fueron acusados por su conciencia. Es importante también recordar la actitud y el trato de Jesús hacia las mujeres en una sociedad donde los derechos de la mujer eran pisoteados. Por ejemplo, cuando Jesús conversa con la mujer samaritana hace alusión a que ella ha tenido cinco maridos y que su actual compañero no es su marido, pero no se lo dice en un tono de acusación o recriminación. ¿Pensaría Jesús que aquella mujer samaritana sería una pecadora por el número de sus relaciones amorosas? El texto no lo dice, pero esa posibilidad no era la única. Aquella mujer podía haber sido repudiada por cinco hombres ya que solo el hombre podía despedir a su esposa por una larga lista de motivos, muchas veces ridículos y carentes de seriedad, pero aquella era una cultura al servicio del varón y que en muy poco o nada favorecía a la mujer.

Finalmente, no olvidemos que Jesús es aquel que anuncia a un Dios que es amor y misericordia. Jesús no ha venido a condenar sino a salvar. En el propio evangelio de Juan, capítulo 3, se nos dice: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo sino para que el mundo sea salvo por el Hijo”. Y continúa diciendo el texto: “El que en él cree, no es condenado, pero el que no cree ya ha sido condenado, y esta es la condenación, que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas, mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios”.

En el texto de Juan 8, ¿quiénes aborrecen la luz? Los que rechazan a Jesús, los que acusan a la mujer buscando acusar a Jesús. ¿Y quién practica la verdad y viene a la luz? La mujer acusada. Hay un detalle que pasamos por alto. Cuando Jesús pregunta a la mujer si la habían condenado, ella responde: “Ninguno, Señor”. ¿Y qué significa el hecho de que la mujer llame a Jesús de Señor? Es el reconocimiento de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, ella ha reconocido dónde está la luz y por eso ya no es condenada, ella está en la luz.

Mis hermanos y hermanas, en este tiempo de Cuaresma nuestro Señor nos invita a la revisión de nuestra vida. ¿En qué momento hemos utilizado a alguien para alcanzar algún propósito, sin importar su integridad y su valor como persona? ¿En qué momento hemos intentado lanzar las piedras sobre alguien creyendo que con eso estamos haciendo lo que Dios nos pide? ¿En qué momentos también hemos recapacitado ante la posibilidad de cometer un gran error? ¿Somos abiertos y receptivos cuándo nuestra propia conciencia nos revela el pecado que nos habita? La Cuaresma nos indica hoy el camino para acercarnos a aquel que es la luz del mundo y reconocerle como Señor, para reconocer que la iglesia, al igual que Jesús, no está en el mundo para condenarlo sino para salvarlo.

Alejarnos de Jesús, distanciarnos de su luz para refugiarnos en nuestras propias tinieblas con las manos llenas de piedras y el corazón endurecido por nuestra prepotencia, nuestro egoísmo y nuestra ceguera, son actitudes que nos distancian de Dios, del prójimo y de nosotros mismos. Dios quiere que seamos libres y que vivamos en su luz, pero solamente seremos libres cuando conozcamos y practiquemos la verdad del amor y la compasión. Termino compartiendo con ustedes una meditación de Gerardo Oberman, pastor de la Iglesia Reformada en Argentina, a la luz de este pasaje del evangelio de Juan.
Tiempo de quitarse las caretas
No corras más, no te escondas,
no dejes que te insulten
ni que te acusen ni que te lastimen 
con sus palabras hirientes y sus bromas soeces.
Es tiempo de quitarse las caretas
y de ver quién es quién.
No temas, mujer, que tu pecado
no excusa los otros pecados
ni da derecho al juicio
a quienes se escudan en apariencias
de piedad, de bondad, 
de cumplimiento de la ley,
de perfecta santidad,
de generosidad y hasta de decencia.
Quienes te traen a los pies de Jesús
dicen haberte encontrado amando,
quizá a quien no debías,
sin dudas fuera de la ley de aquel entonces.
Pero ignoran que su dedo acusador,
el veneno de sus lenguas filosas,
y las piedras que cargan en sus manos 
o que esconden en sus bolsillos,
no pueden engañar el corazón del Maestro.
De pronto, ante una mirada y una pregunta simple,
los argumentos condenatorios se derrumban, 
la trampa se desenmascara
y uno a uno comienzan a irse
aquellos que se creían dueños de la verdad,
aquellos que sin misericordia
y buscando justificarse,
querían hacerle una zancadilla
al proyecto de Dios.
Levanta la vista, mujer,
ponte en pie, deja el suelo de la vergüenza
al que te arrojaron con desprecio
y recupera la dignidad que quisieron arrebatarte
aquellos cobardes de medias verdades.
Jesús no condena… 
Jesús abraza, perdona,
restaura, anima, enseña,
¡dignifica!
Tu regreso a la vida cotidiana, mujer,
será un permanente recordatorio
para quienes te trajeron, primero,
y luego te dieron la espalda,
de la necesidad de revisar la propia vida.
Y será, por todos los tiempos,
una señal esperanzadora
para todas las personas calumniadas
por odios discriminadores,
deshumanizadas por leyes crueles,
estigmatizadas por su raza, su condición social,
su religiosidad o su vida sexual;
será un signo luminoso
para las personas arrojadas al suelo del desprecio,
pisoteadas en su fragilidad,
víctimas de sistemas opresores
y de una religiosidad que se ha vaciado de Dios.
Levántate, mujer,
ya no hay piedras, 
sólo un camino nuevo por descubrir
y mucha luz 
en el horizonte de tu vida restaurada.

Amén.




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