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10 de marzo de 2013

Sermon culto 10/03/13

Sermón del domingo 10 de marzo / 4to Domingo de Cuaresma.

Iglesia Menonita de Boulogne / Rev. Amós López Rubio.

Textos bíblicos: Exodo 32, 7-14 / Salmo 34 / 2 Corintios 5, 17-21 / Lucas 15, 1-32

Una de las canciones más controversiales y hermosas del cantautor cubano Silvio Rodríguez es “Unicornio azul”, la historia de una pérdida. No han sido pocos los esfuerzos por desentrañar el simbolismo del unicornio azul. Algunos dicen que representa a un amigo, a una pareja, a un sueño o proyecto que no fructificó. Lo cierto es que cada quien ha construido su propia historia a partir de lo que el símbolo del unicornio azul le ha sugerido. Y esa es la virtud de las grandes obras de arte, permitir que las personas interactúen con ellas de manera siempre diferente, irrepetible, impredecible.

Los textos bíblicos de la liturgia de hoy también hablan de diversas pérdidas, pero el final es diferente, lo perdido es encontrado, volviendo con ello la alegría y la esperanza.
Son textos que nos hablan del amor desbordante de Dios, el Dios que perdona y reconcilia, el Dios que busca y encuentra, que no se detiene ante nada por alcanzar a quien está más lejos y más necesitado. ¿Cómo hemos sentido la misericordia y la justicia de Dios en nuestra vida y en la vida de otras personas?

Dios se revela en la compasión y la justicia

El texto del libro del Éxodo, capítulo 32, versículos 7 al 14, nos ubica en la conocida historia del becerro de oro. El pueblo de Israel se aleja cada vez más de su experiencia de esclavitud en Egipto y en su peregrinar por el desierto, se encuentra al pie del monte Sinaí. Moisés ha desaparecido entre las escarpadas montañas para dialogar con Dios y traer de vuelta su ley al pueblo. Pero Moisés demora muchos días, y en medio de la  impaciencia y la incertidumbre, el pueblo pide dioses que lo guíen. El sacerdote Aarón solicita a la gente que le traigan todas las piezas de oro disponibles, y con aquellas prendas funde la figura de un becerro. Israel adora al becerro, creyendo que adora al propio Yahvé, y hace fiesta.

Al ver aquella escena, Yahvé, ardiendo de ira, decide eliminar al pueblo, pero Moisés intercede por la vida de los suyos recordándole a Dios que aquel pueblo, infiel e idólatra, era al mismo tiempo el heredero de las promesas hechas a sus antepasados, los patriarcas. De igual manera, Moisés hace ver a Dios que una acción devastadora sólo traería un mal testimonio ante los pueblos vecinos, ¿cómo es posible que Dios haya liberado a los hebreos de la esclavitud en Egipto para hacerlos morir en las montañas? La idea de borrar al pueblo de la faz de la tierra iba en contra del propio proyecto liberador del Señor.

De acuerdo con las tradiciones que encontramos en el Antiguo Testamento, Yahvé aceptó que su pueblo venerase una serpiente de bronce, símbolo de una divinidad de la tierra de Canaán. En aquella ocasión que relata el libro de Números en su capítulo 21, los israelitas habían murmurado contra el Señor y este les envió serpientes ardorosas para que los mordiesen. Una vez más, Moisés suplica a Yahvé que perdone al pueblo y le permita vivir. Entonces el Señor ordenó a Moisés colocar una serpiente de bronce en un asta y quien la mirase podría salvarse. Las personas podían venerar la serpiente de bronce siempre y cuando viesen en ella una señal de la presencia de Dios.
Alrededor de quinientos años después, Ezequias, rey de Judá, mandó a derribar la serpiente de bronce que Moisés había hecho y a la que hasta entonces los israelitas quemaban incienso y llamaban Nehustán, vocablo hebreo relacionado con la palabra “bronce” y la palabra “serpiente”. Yahvé no aceptó, en cambio, que el pueblo adorase el becerro de oro, y lo consideró un acto de idolatría, ¿por qué algunos símbolos fueron aceptados y otros no?

Dios asumió aquellas formas de culto y expresiones de fe que fueran compatibles con su revelación y rechazó aquellas que eran contrarias. Aceptó la serpiente, porque el propósito era curar al pueblo de sus heridas, era la religión de la gente pobre. Rechazó el becerro, todo cubierto de joyas y de oro, porque era un ídolo de los poderosos que engañaban al pueblo y lo oprimían. Yahvé condenó el culto a otros dioses como el Baal cananeo, los dioses de Egipto, de Babilonia, porque estos dioses representaban sistemas socio-políticos opresores, basados en la explotación de muchos para que unos pocos pudieran vivir cómodamente.

Las parábolas de Lucas capítulo 15 son otra ilustración de este mismo tema. En las parábolas, Dios es representado por un pastor de ovejas, por una mujer humilde y por un padre lleno de amor y misericordia. Son símbolos compatibles con el Dios que se revela en Jesús de Nazareth, un Dios de compasión y justicia. Era imposible que Jesús representara a Dios en sus parábolas y enseñanzas a través de la figura del emperador romano, o del gobernador de Jerusalén, o de un sumo sacerdote, o de un doctor de la ley.

Es lamentable, que en algún momento de la historia, Dios comenzó a ser representado a través de los símbolos del poder político, económico y religioso. El reinado de Dios, su visión sobre la realidad socio-económica y su aceptación de las expresiones de fe de los seres humanos, se han revelado en la vida y la enseñanza de Jesús de Nazareth. El reino de Dios es justicia, es vida en abundancia, es perdón y reconciliación, es levantar a las personas en su valor propio y su dignidad; su voluntad se manifiesta en la fuerza del amor, de la misericordia, del diálogo, de la sensibilidad, la comprensión y la fuerza de espíritu. Cuando Dios intenta manifestarse como un déspota, como dueño de la vida de las personas que hace con ellas lo que le venga en gana, se interpone un Moisés que llama a la cordura, a la reflexión, a la paciencia, a la justicia, al amor.

Muchas imágenes de Dios en el Antiguo Testamento lo presentan como señor de la violencia que aniquila pueblos enteros y promueve las guerras de inspiración religiosa. Pero otros textos lo presentan como pastor, tierno y amoroso, que cuida, sana y alimenta a sus ovejas; lo presentan como una madre que se conmueve en sus entrañas cuando sus hijos andan en caminos de perdición; lo presentan también como el Dios de los pobres, de los más humildes, que escucha el clamor y el sufrimiento de la gente y viene en su ayuda; lo presentan como defensor de la justicia, del derecho, de la igualdad, del huérfano, del extranjero, de la viuda. En Jesús, se revela como el Dios que quiere la vida como principal don para toda la humanidad. Nos toca a nosotros y a nosotras discernir, entre tantas imágenes de Dios, cuáles son compatibles con el evangelio de la gracia de Dios en Jesucristo.

En nuestros días, abundan también las imágenes de Dios y se impone para la iglesia un discernimiento espiritual permanente. En la cultura competitiva del mercado, Dios aparece relacionado con la prosperidad, la riqueza y el consumo. No es que Dios rechace nuestro bienestar o nuestros logros. Lo que es incompatible con el proyecto de Dios es el amor desmedido a los bienes materiales, la idolatría del tener y no la satisfacción del ser, esa manera excluyente de clasificar a los seres humanos entre los que tienen acceso a mucho dinero o bienes y los que no, entre los que viven en la ciudad y los que viven en el campo, entre los que tienen posibilidad de viajar al extranjero y los que no, entre los que tienen cargos y los que no tienen, entre los que apoyan la ideología política dominante solo con el fin de alcanzar un determinado status social y los que sencillamente se colocan al lado del pueblo humilde y defienden sus verdaderas necesidades.

En la forma de concebir lo ético y lo moral, Dios puede aparecer como el defensor de un conjunto de normas y costumbres establecidas de manera inflexible, tradiciones que deben cumplirse y respetarse aún a costa de la vida de las personas. Esto se puede ver en el ámbito familiar, social y también eclesial. ¿Cómo pudo ocurrírsele a Jesús, según las parábolas de Lucas, comparar a Dios con una mujer que busca una moneda perdida? En un contexto cultural como el de Jesús, en el cual Dios se revela en la figura del padre de familia, en el sumo sacerdote o en el estudioso de la ley, representar a Dios en la experiencia cotidiana de una mujer pobre era algo no solo inusual sino también irreverente, blasfemo.

Pero Jesús está precisamente abriendo horizontes en la comprensión de la realidad de Dios y de su reino en medio de nosotros. La liberación de personas enfermas en el día sábado son otra señal de cómo las tradiciones deben ser transformadas si dejan de responder a las necesidades de las personas.

En tiempos no muy lejanos, las iglesias tenían sus puertas cerradas a determinadas situaciones por que se corría el peligro de que todo un sistema de tradiciones se viniera al suelo: ¿utilizar instrumentos musicales modernos y ritmos propios de nuestra cultura para expresar nuestra adoración a Dios, aún sabiendo que eso provoca el movimiento del cuerpo? ¿Abrir espacios de participación y dedicar recursos y atención a las personas con discapacidad? ¿respetar y tener buenas relaciones con personas que practican otras religiones sin menospreciar los valores de su experiencia de fe? ¿respetar el derecho de los creyentes a la diversión, la fiesta y el libre esparcimiento sin que eso sea considerado una violación de la moral cristiana?

Esta es la demanda del evangelio: la moral, los dogmas, las costumbres, lo que siempre fue de una manera, tiene que ceder espacio a la vida y sus urgencias, al ser humano y su necesidad.

La compasión y la justicia de Dios se revelan de manera especial en nuestras   
experiencias de pérdida y recuperación

El evangelio puede también convertirse en una ley, pero aún así, recordemos que el ser humano no fue hecho para el evangelio, sino el evangelio para el ser humano. Cuando Jesús cuenta estas parábolas que aparecen en Lucas capítulo 15, está precisamente respondiendo a las acusaciones de los escribas y fariseos. ¿y cuáles eran estas acusaciones?

Pues tenían que ver con el respeto a las tradiciones y costumbres de la época. Acusaban a Jesús de tener un comportamiento social inadecuado, fuera de lo establecido, porque Jesús se relaciona con pecadores, comparte la mesa con recaudadores de impuestos y prostitutas, se rodea de gente enferma e impura, y les enseña ideas extrañas y subversivas.

Este es el telón de fondo sobre el cual deben entenderse las parábolas de Jesús en Lucas capítulo 15. El pastor de ovejas deja a las noventa y nueve en el redil y va en una búsqueda apasionada de la que se había extraviado. La mujer busca sin descanso una  moneda perdida, aunque todavía le queden nueve. El padre bondadoso y justo, respeta la decisión del hijo menor de hacer su propia vida, no obstante, le espera pacientemente, día y noche, y cuando regresa celebra por todo lo alto la recuperación de su hijo perdido. En las tres parábolas hay una experiencia común: la pérdida y la recuperación. En las tres parábolas se muestra el esfuerzo sin límites de cada una de las personas por recuperar lo perdido. En las tres historias hay un final festivo, alegre, esperanzador, que se comparte con amigos, familiares y vecinos.

Jesús estaba diciendo a sus acusadores que el reino de Dios es un constante esfuerzo por recuperar lo perdido. La buena noticia no será aceptada ni comprendida por aquellos que se creen superiores a los demás, por aquellos que se aferran a sus tradiciones sin importarles la vida del pueblo, por aquellos que sienten amenazados sus intereses y su autoridad ante el mensaje de Jesús. Para estas personas, para quienes acusan a Jesús, hay ciertamente una oportunidad, la oportunidad de salvarse, de recuperar, en medio de su falta de visión y sus sentimientos endurecidos, lo que han perdido: su humanidad más esencial, su sensibilidad y su indignación ante el dolor y las injusticias de su propia gente.

Si los escribas y fariseos no daban este primer paso de conversión, el de mirarse por dentro a la luz del evangelio y reconocer sus errores, no podrían entonces comprender las palabras de Jesús y aceptar la gracia de Dios. En la parábola del padre amoroso, escribas y fariseos están representados en la actitud cerrada y egoísta del hermano mayor de aquel que había vuelto arrepentido a casa, ¿por qué no alegrarse con la recuperación del hermano perdido en vez de reclamar el cariño y la atención del padre que seguramente nunca le había faltado y había podido disfrutar toda su vida?

Cuando recordamos esta historia de los dos hermanos, uno que se va lejos de su padre y después regresa arrepentido, y el otro que se queda pero que no acepta la gracia y el amor de su padre por el hijo recuperado, pensamos en otra historia que Jesús contó, la del publicano y el fariseo. El fariseo daba gracias a Dios por no ser igual a los demás, se sentía importante, distinto, santo, puro, fiel, escogido por Dios. El publicano se daba golpes en el pecho, y con su cabeza gacha, reconociendo sus pecados, oraba a Dios pidiendo su misericordia, su piedad. Cuál de ellos volvió perdonado a su casa? El publicano. En la parábola del padre amoroso, el hijo menor es el publicano que reconoce su pecado y vuelve a casa, y es perdonado. El hijo mayor es el fariseo, el hombre religioso que cumple con la ley, pero cuyo corazón está lejos de la generosidad de Dios.

El Dios que Jesús nos revela no es un Dios de ira y violencia, sino un Dios de justicia, amor y misericordia. Un Dios que, aunque nos parezca difícil entenderlo, recapacita y reconoce sus errores frente a la palabra sabia y prudente de cualquier Moisés. Y lo hace precisamente para darnos el ejemplo, ante situaciones de ira y violencia, nuestra respuesta debe ser la calma, la reflexión, aquella salida que respete y conserve la vida de las personas, sus relaciones, y la posibilidad de llevar adelante sus proyectos de vida.

El Dios que Jesús nos revela no puede manifestarse a través del poder que oprime y esclaviza, sino a través del poder que produce restauración y esperanza. Dios está presente en nuestras luchas cotidianas, en nuestras experiencias de pérdida y recuperación, en nuestro afán por encontrar lo perdido y en nuestra alegría por haberlo encontrado. Y celebra con nosotros, participa de nuestra fiesta, es testigo de ese momento tan especial que no podemos guardarnos para nosotros sino que lo compartimos con nuestros amigos, familiares y vecinos.

Nuestra iglesia está llamada a ser una comunidad donde podemos compartir nuestras pérdidas y nuestros hallazgos. Debemos acompañarnos en el momento de la pérdida, cuando hay dolor, cuando hay enojo, cuando hay desesperación. No olvidemos que la palabra oportuna y respetuosa, tierna y amable, puede calmar la ira y ayudarnos a ver la situación de una manera más positiva y saludable.

Debemos compartir también la búsqueda, poner todos nuestros recursos y habilidades en función de encontrar lo perdido. ¿Y cuántas cosas podemos perder como iglesia de Jesucristo? El amor y el deseo de servir, la identidad como seguidores y seguidoras de Jesús y colaboradores de su misión en el mundo, la valoración de las personas por lo que son y no por lo que tienen, el sentimiento solidario, el espíritu creativo que renueva las cosas cuando se tornan inflexibles. También hay pérdidas concretas que necesitamos compartir y sobrellevar: amigos ausentes, familiares fallecidos, puestos de trabajo, posibilidades de estudio, una casa destruida por algún ciclón, el divorcio, el rechazo, entre otras.

Debemos, finalmente, compartir los hallazgos. Qué bueno es sentirse acompañados y acompañadas en los momentos significativos de la vida, poder decirle a otro lo que estamos sintiendo y sentir que los demás experimentan nuestra alegría. Esa es una de las grandes necesidades humanas, compartir las alegrías, porque cuando compartimos la alegría que produce el haber encontrado algo que se había perdido, se afirma la esperanza, creemos nuevamente en que lo imposible puede ser posible, creemos nuevamente que la vida es una búsqueda y también un encuentro, que no existe nadie en este mundo tan perdido que no pueda ser hallado. Amén.  

Mis hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma nos ayude a revisar nuestra vida, quizás seamos como el hijo que se va y lleva una vida desenfrenada, y después regresa arrepentido a la casa del padre, o como el hijo que nunca se fue de casa pero cuyo legalismo o celo por las tradiciones no deja espacio para el perdón y la misericordia. Dios permita que podamos siempre arrepentirnos de nuestros pecados, comprender y vivir la generosidad de Dios, y ser una iglesia que comparta sus pérdidas y sus hallazgos.

Amén.




     

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